CENTRAL DE TELEFÓNICA EN LOGROÑO

La fortaleza que habla un idioma propio

Contenedor de vida. Telefónica mantiene junto a avenida de la Paz el corpulento inmueble que alberga la tecnología y la historia que comunica a miles de usuarios

TERI SÁENZ Justo Rodríguez Teri Sáenz Justo Rodríguez

La central de Telefónica que se ubica en la calle San Millán de Logroño es bilingüe. A veces habla un idioma abstruso que conjuga términos como agregación, conmutación, conectividad, nodo, 4G. Otras se hace mundana y para explicarse tira de analogías que puede llegar a entender el más lego. En los sótanos del inmueble están sus entrañas, la sala de núcleo de red es como el cerebro y la climatización, los pulmones que hacen respirar al conjunto. Así se explican mejor sus más de 5.500 metros cuadrados repartidos en cinco plantas y la cubierta que corona el conjunto. Hasta se hace más amable de esa forma un edificio que no se construyó para ser amable, sino solo inexpugnable.

El inmueble tiene alma de fortaleza urbana. Por fuera y por dentro. En el exterior, con ese porte rotundo que surge sin avisar en una calle de aceras estrechas, árboles sin podar y coches aparcados en batería. Un portal cualquiera, otro portal anodino, una tienda de barrio y, de sopetón, un bloque recio sin más maquillaje que las placas que en su día cubrieron el ladrillo caravista de la fachada. En el interior, el silencio. Y cámaras de seguridad. Y tornos de acceso. Y nombre, apellidos, DNI y motivo de la visita. Carteles de 'peligro, no tocar'. Y puertas que se abren con un chirrido metálico cuando se cierra la anterior. Todo hermético, compacto, sin fisuras. A lo sumo, el ronquido de la maquinaria que nunca descansa para que la temperatura no se dispare y suceda lo que nunca puede pasar: que el calor llegue a colapsar la tecnología que contiene el edificio. Varios idiomas pero solo dos palabras en el diccionario: seguridad y refrigeración. «Todo está diseñado para que el corazón del edificio nunca deje de latir», resume Ignacio Domínguez, gerente de Infraestructuras Básicas de la compañía, con esa tendencia a la prosopopeya que sobrevuela continuamente el camino por pasillos con aire de laberinto, luces fluorescentes y tacto de gotelé.

Refrigeración y seguridad son los dos conceptos claves que conjuga el edificio en su estructura y su funcionamiento diario

La obsesión por que todas las piezas funcionen, que el engranaje nunca decaiga, hace que cada órgano vital esté duplicado. Si uno cae, otro se levanta. Una solución para cada contingencia. Y si la red llega a fallar, el grupo electrógeno capaz de hacer levantar todo el corpachón del edificio y que se agazapa como un gigante azul de 1.300 caballos de potencia. Ahí reposa el músculo, y en la galería cercana por donde discurre la información que entra y sale del edificio, un mar de cables. Comprimidos como puños, brazos con 2.400 hilos de cobre que luego se segregan. Y en cada uno de esos filamentos, un cliente. Quien sabe si mirando detenidamente con un lupa, siguiendo la ramita correcta, uno podría encontrarse a sí mismo.

El búnquer, que parece incólume, es sin embargo un organismo vivo en evolución continua dentro del que trabajan 30 operadores. La fibra va relevando al cobre, la tecnología mengua de tamaño sin parar, y estancias hace décadas abigarradas ahora visten adelgazadas. Más en menos. Hilaturas infinitas que caben en dedales minúsculos. Y en una repisa perdida, como el náufrago varado que ha caído del trasatlántico donde viajaba, la ruleta de un teléfono de góndola. Arqueología de lo cotidiano que llama en su propio idioma hacia arriba, a la azotea donde gobierna la descomunal torre que conecta todo en una punta de lanza, desde donde se avista hasta el infinito. Allá detrás el pasado; aquí al lado el futuro. El viento corre fuerte, pero la criatura ni se despeina.

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Edificio de Telefónica, la fortaleza que habla un idioma propio. / JUSTO RODRÍGUEZ

Historia de un edificio que es historia del barrio donde se ubica

Inaugurada en 1971, la central de Telefónica es obra de José Luis de Arana Amurrio, arquitecto también de otros edificios prácticamente idénticos en distintas provincias. Todos guardan una estructura análoga al de Logroño, concebida como un contenedor en el que solo el vestíbulo da acceso al exterior mientras el resto de plantas es de uso exclusivo del personal técnico. Su ubicación no es casual. Al hilo del desarrollismo a finales de los 60, la firma buscó un lugar estratégico para su expansión y conectividad, haciendo que, como reseña Domínguez, la historia del inmueble sea también la del barrio que lo acoge desde hace medio siglo.

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