PALACIO DE LOS CHAPITELES

La memoria de La Rioja

IER. La casa de los Jiménez de Enciso, que fue Ayuntamiento durante más de un siglo, acoge hoy las dependencias del Instituto de Estudios Riojanos

Pio García Sonia Tercero Pio García Sonia Tercero

Dos columnas. Hay dos columnas cuyo fuste está recorrido por estrías helicoidales. Están ya jubiladas de su antigua labor, embebidas en los muros, iluminadas por focos. Son dos columnas labradas en severa piedra marrón, pero gráciles y juguetonas, amables. Llevan ahí plantadas desde el siglo XVI, cuando en este solar se alzaba el palacio renacentista de los Jiménez de Enciso, que era familia muy principal y de profundos bolsillos. Las columnas han sobrevivido de manera casi milagrosa a las mil vidas que ha tenido este edificio, al que los logroñeses de la posguerra todavía llaman «el viejo Ayuntamiento», una función que cumplió durante más de un siglo, desde 1871 hasta 1980.

Cuando uno entra al palacio, hoy sede del Instituto de Estudios Riojanos (IER) y de la Dirección Genral de Cultura, conviene detenerse en el zaguán y mirar por un momento al techo, al alfarje de madera que lo recorre, también del siglo XVI, y del que pende una lámpara de aire decimonónico. Jirones que la historia se ha ido dejando por aquí y por allá, como esa delicada estutua de mármol tiutalada ‘La elocuencia’, obra de Gibert y Roig y que, según reza la inscripción, fue dedicada a Sagasta en 1879 por el Partido Constitucional. El propio don Práxedes la cedió veinte años más tarde a la ciudad. Es una dama altiva, orgullosa, desafiante incluso, que ni siquiera se digna a mirar al visitante que sube por la escalera principal.

Las obras del poeta Prudencio, prologadas por Nebrija y editadas en Logroño en 1512 por Guillén de Brocar.
Las obras del poeta Prudencio, prologadas por Nebrija y editadas en Logroño en 1512 por Guillén de Brocar.

A la derecha del vestíbulo, una puertecita franquea el paso hacia la biblioteca del IER. Las estanterías, llenas de libros, dejan libre un pasillo angosto que comunica las diferentes estancias. En las repisas duermen miles de volúmenes, la mayoría de los cuales tienen temática riojana o están firmados por autores de la tierra. Su fondo antiguo, posee dos incunables (impresos anteriores a 1501), primeras ediciones y algunas joyas raras. José Ignacio Peso, bibliotecario archivero del IER, enseña a los cronistas algunas piezas singulares. Uno podría quedarse horas admirando aquellos primitivos tomos de hermosa tipografía. Sobre la mesa hay abierto un libro, impreso en Logroño en 1512 por Guillén de Brocar. Reúne obras del poeta calagurritano Aurelio Prudencio Clemente, del siglo IV, y lleva un prólogo firmado por Elio Antonio de Nebrija en el que, apenas veinte años después del descubrimento, ya se hace mención de los viajes a América.

Galería de imágenes

Palacio de los Chapiteles, en la calle Portales.

No solo hay libros venerables en los anaqueles del Instituto de Estudios Riojanos. También publicaciones modernas, revistas, archivos personales, libros de contabilidad, grabaciones, periódicos, carteles y fotografías históricas, entre ellas las 200.000 imágenes cedidas por Diario LA RIOJA y que ahora están en proceso de digitalización y catalogación. La vida corre ahora por las autopistas de internet y el usuario del IER ya no es únicamente el erudito local que se quema las pestañas a la luz de un flexo. Ahora puede ser, como relata Peso, un periodista del diario Los Angeles Times que llama pidiendo información sobre el retablo de San Felipe Neri, una pieza que salió de Ezcaray para acabar en la catedral californiana.

La lámpara que ilumina el zaguán.
La lámpara que ilumina el zaguán.

La escalera central del edificio actual ocupa lo que debió ser un patio interior en la época de los Jiménez de Enciso. Si uno, mientras sube los peladaños, alza la vista al cielo, se encuentra con una bóveda pintada de estrellas. Las ventanas del segundo piso se asoman al hueco de la escalera y dejan pasar una luz invernal, fría pero limpia. Por una portezuela, los cronistas acceden al tejado del palacio, en donde se alzan los dos chapiteles que le dan nombre y que fueron añadidos en el siglo XVIII como remate a las torretas de la fachada. Entre las tejas y la balaustrada se abre una vista formidable de la plaza de San Bartolomé, corazón y emblema del Logroño antiguo.

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