EDIFICIOS SECRETOS. PALACIO DE JUSTICIA

Un edificio severo que espera la reencarnación

Aunque todavía conserva restos de su antigua función, el viejo Palacio de Justicia aguarda su remodelación, cinco años después

PÍO GARCÍA JUAN MARÍN PÍO GARCÍA JUAN MARÍN

El antiguo inmueble del Palacio de Justicia se alza, imperturbable y poderoso, entre las calles Bretón de los Herreros y María Zambrano. Han quitado las banderolas que presidían su entrada, pero mantiene su severa impronta, acrecentada por las dos colosales hojas de madera en las que se divide su puerta principal. Lleva cinco años cerrado. Guiados por Javier Iribas, secretario general de la Delegación del Gobierno, y por Raúl Sierra, responsable de mantenimiento, los cronistas acceden al edificio con el ánimo un poco en suspenso, sin saber bien lo que se van a encontrar. Por dentro, el edificio tiene algo de iglesia desacralizada, como esos monasterios que un día quedaron abandonados y llevan años agonizando melancólicamente.

Palacio de Justicia de La Rioja
Pasillo del tercer piso, sobre el lucernario del patio.

La historia de este lugar comenzó a escribirse el 10 de julio de 1952, cuando fue inaugurado con toda la pompa del régimen franquista. Su construcción había costado cinco millones de pesetas, un fortunón en la época. Era un espacio moderno, de volúmenes rotundos y funcionales, cuya entrada principal se asomaba al viejo Logroño como la proa de un buque trasatlántico. Su jubilación, 65 años después, fue algo menos ruidosa. El 2 de febrero de 2017, a las dos de la tarde, Félix Argote, empleado de mantenimiento, cerraba para siempre las puertas. Durante varios días, camiones y camiones de mudanzas se habían estado llevando cajas llenas de expedientes, libros, objetos, legajos hacia el nuevo Palacio de Justicia, en la calle Marqués de Murrieta.

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Un volumen de madera semicilíndrico, añadido a finales de los ochenta, servía para albergar, entre otras cosas, la biblioteca.

Aún quedan, sin embargo, retazos de historia olvidados en las mesas o tirados por el suelo. Manojos de llaves, papeles, dibujos, una alfombra arrugada. Hay en una sala, abandonada sobre el parqué, una venerable Olivetti de teclas blanquecinas. A veces uno tiene la impresión de estar paseándose por las ruinas de una extraña Pompeya en la que la erupción del volcán hubiera dejado a sus habitantes el tiempo suficiente para huir. Sobre el escritorio que ocupaba el guardia civil que vigilaba la entrada, yace un ejemplar del periódico, quizá el último que entró en aquel lugar. Lleva una fecha posterior al cierre oficial del Palacio, el martes 7 de marzo de 2017. El titular de portada deja en el lector una amarga sensación de caducidad: «Un fondo inversor adquiere la mayoría de Tuc Tuc y crea un gigante de la moda infantil». Cinco años después, Tuc Tuc ya ha cerrado su centro de Lardero y solo mantiene a una empleada en La Rioja. Todo se ha vuelto fugaz e imprevisible. Al lado del vestíbulo, una amplia escalera marmórea conduce a la antigua sede de la Audiencia Provincial. Del techo pende la antigua lámpara, que pesa como un pecado mortal y no se puede recoger como si tal cosa. Tal vez haya que levantar un andamio por el hueco de la escalera para retirarla sin causar un estropicio.

Palacio de Justicia de La Rioja
Estancias del Palacio, con las estanterías vacías donde se guardaban los archivos.

El viejo Palacio, tal y como se ve ahora, mantiene la estructura anular con la que fue concebido, pero ha ido sufriendo continuas reformas. En la más ambiciosa, a finales de los años ochenta, se cubrió el patio con un techo acristalado y se añadió un volumen semicilíndrico de madera que permitió alojar la biblioteca y otras estancias. Antiguamente, en el piso superior, había tres viviendas que disponían de un acceso directo y discreto desde la calle María Zambrano. Las ocupaban los únicos habitantes fijos del Palacio: el presidente del Tribunal Superior de La Rioja, el fiscal jefe y el mantenedor del edificio. En los años noventa, los apartamentos fueron desmantelados para ganar espacio. En la cocina, por ejemplo, se instaló la Secretaría del juzgado de lo Penal número dos. Uno camina por los pasillos del lugar, de líneas quebradas, y ve cómo las habitaciones aparecen y desaparecen sin un orden determinado ni una traza homogénea, como piezas que se hubieran ido añadiendo sobre la marcha. En el sótano, que está a oscuras, los visitantes pueden aún descubrir las huellas de las antiguas carboneras. Hay algo inquietante en la sucesión de estanterías vacías y alineadas entre tinieblas.

El Palacio resucitará de aquí a unos años, con otro cometido y nuevas funciones administrativas. Por fuera mantendrá su estampa adusta y colosal, por dentro cambiará de alma.

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