EL SEMINARIO DE LOGROÑO

Un oasis de silencio que desafía el paso del tiempo

Metamorfosis y sosiego. El imponente edificio del Seminario de Logroño se readapta a nuevos usos sin perder la esencia de su origen

TERI SÁENZ Sonia Tercero Teri Sáenz Sonia Tercero

El visitante se confiesa cohibido cuando se aproxima al Seminario de Logroño. Los recios muros que perimetran el recinto, pero sobre todo la enormidad del edificio que se vislumbra tras la tapia, infunden un respeto de las mismas proporciones. Al franquear la puerta entornada, la perspectiva se modula. En el jardín que prologa la entrada principal la solemnidad tiene en realidad forma de sosiego, y solo el trino de pájaros invisibles que agitan las ramas de los cedros perturba un escenario sedante. Al otro lado del acceso que da a avenida de la Paz, se intuye el rumor del tráfico, la cháchara de unos chavales de camino a la universidad. Dentro, cada zancada de un solitario gato gris que se arrima sin miedo retumba sobre el césped que parece segado con escuadra y cartabón.

De repente, lo imprevisto. La puerta se abre sin llamar y una docena de mocetes sale al trote en dirección a los frontones y las zonas de esparcimiento que circundan el edificio retando a la calma. «Son de Escolapios; las instalaciones están abiertas a los colegios que de vez en cuando traen aquí a sus alumnos para pasar la jornada», informa el Vicario de Pastoral en funciones, Víctor Manuel Jiménez, dando la primera pista de cómo este colosal edificio de 7.000 metros cuadrados, obra del prestigioso arquitecto Ricardo Bastida e inaugurado en 1929 gracias al impulso del obispo Fidel García, va adaptándose a usos diversos tras una época de vigor a partir de la década de los 40 en la que llegó a albergar 300 estudiantes en régimen de internado y disponer de sus propios abastecimientos y servicios. «Era como un pueblo dentro de la propia ciudad», rememora Jiménez. En los 14.000 metros cuadrados de terreno de que dispuso en origen –menguados con el tiempo por la construcción de la Circunvalación, el retranqueo en la parte aledaña al campus y la construcción del monasterio de las madres Concepcionistas en la zona sur– no faltaba de nada. Huertas, piscina, campos de fútbol, pozos de agua, alamedas... Un vergel que conserva su exuberancia y, sobre todo, una sensación de reposo que se replica dentro del edificio y los jardines que dividen los diferentes cuerpos en que se compartimenta el espacio siguiendo un mismo patrón racionalista: instalaciones propias del funcionamiento cotidiano en el semisótano, habitaciones en los pisos superiores y, en las plantas a pie de calle, kilométricos pasillos de techos altísimos jalonados de decenas de aulas, dependencias, despachos.

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Detalles del edificio. / SONIA TERCERO

Por ellos han pasado a lo largo de la historia del centro 2.700 seminaristas, con 530 curas ordenados, un cardenal y tres obispos. A todos ellos les ha bañado el sol que entra a borbotones por los generosos ventanales que se multiplican y ejercen a modo de iluminación y calefacción natural para un espacio de dimensiones tan grandiosas. Esos cientos de estudiantes han pisado también la tarima de Guinea que alfombra gran parte de los suelos junto a las coloristas baldosas que recubren las paredes, una de las señas de identidad del seminario que perduran como si no estuvieran a puertas de cumplir un siglo. «Apenas se ha remozado nada; el diseño y los materiales se proyectaron para resistir al paso de los años, y así ha sido», confirma Víctor Manuel Jiménez. El mismo desafío al tiempo que muestra la capilla mayor presidida por el monumental fresco del ábside obra de Aurelio Arteta, y que se llena puntualmente con motivo de encuentros diocesanos, ordenaciones y celebraciones de parroquias que trasladan aquí citas concurridas.

En el día a día, el seminario está ocupado por el personal administrativo, el encargado de la biblioteca y el archivo histórico diocesano, la treintena de curas mayores que residen en el hogar sacerdotal. A ellos se suman los grupos de hasta 90 personas que puede albergar la casa de espiritualidad para convivencias y retiros, además de gavillas de chavales como los que ahora dan patadas a un balón intentando meter un gol a la serenidad del pasado que se abre al futuro.

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